18 de febrero de 2021

Grado IV - Maestro Secreto


La Logia de los Maestros Secretos representa al Santuario del Templo de Salomón. Como Maestros Secretos se nos enseña el deber del secreto, el silencio y la fidelidad. Este grado se originó inmediatamente después del asesinato del Maestro Hiram, el constructor. El Rey de Israel (Salomón) seleccionó a siete de los más dignos y expertos Maestros Masones, para proteger el Sancta Sanctorum, y los llamó Maestros Secretos.

Adoniram recibió instrucciones de hacer que se erigiera una tumba u obelisco de mármol blanco y negro donde se depositaron los restos embalsamados de nuestro querido y amado Gran Maestro Hiram Abí.

El mármol blanco es para denotar su inocencia y pureza, y el negro, la muerte prematura de él que es lo que realmente veneramos y lloramos. No se utilizan herramientas de trabajo en este grado por el motivo de que los trabajos en el templo se suspendieron después de la muerte del Maestro Hiram, el constructor.

El candidato en este grado representa a alguien que por sabiduría, fidelidad y celo, busca ganar la admisión en la bóveda secreta y ver algunos de los tesoros allí depositados, así como contemplar el pilar de la belleza. Para hacer esto, debe obtener el favor de los guardianes del Sancta Sanctorum, al mostrarles a ellos que es capaz de realizar el deber del Secreto y el Silencio. También se le enseña una lección muy importante, que ningún hombre aspire a aquello para lo que no es apto, ni asumir una carga que no pueda soportar, es decir, no se debe asumir deberes a la ligera para luego descuidar de ellos.

La masonería es un sistema de enseñanzas mediante mitos, símbolos, alegorías y leyendas. Cada enseñanza, cada instrucción y cada ceremonia tienen su referencia mística. El verdadero masón no descansará estando satisfecho con meras ceremonias que en sí mismas sean frías, superficiales y efímeras, estudiarán para comprender su significado místico.

Nosotros, como hermanos masones inefables, retenemos y continuamos practicando estos signos y símbolos, porque creemos que funcionan más cerca de nuestros corazones que las palabras y nos impulsa a un cumplimiento más fiel del deber. El deber está con nosotros siempre inflexible como el destino. Se levanta con nosotros por la mañana, y vigila junto a nuestra almohada por la noche. En el rugido de la ciudad y en la soledad del desierto, el deber es tan imperativo como el destino.

Tomar conciencia de la responsabilidad de la vida de nuestra parte animal en servir la parte espiritual es la tarea fundamental del Maestro Secreto en el cuarto grado. Reconocer la obra a cumplir, para llenar su Deber durante esta corta vida diluida en un mundo que no interesa a este sujeto, es el ejercicio característico de este nivel, que descubre un valor que los grados siguientes se permiten objetivar.

La realidad de un comportamiento conforme al sitio del hombre en el universo, en la sociedad o en la familia se ve profundamente alterada por relaciones únicamente fundadas sobre el egoísmo y la individualidad. Es evidente que en un cierto nivel de desarraigo, no es cuestión de informarse sobre los deberes del hombre frente a su Ser espiritual del cual ha perdido toda realidad y cuya presencia ya no se experimenta, sino de saber cuáles son los deberes en su medio social elemental.

El sufrimiento y el desequilibrio de la sociedad profana no provienen únicamente de la negligencia del Ser espiritual profundo sino también del menosprecio de la personalidad individual. Una vuelta a las fuentes de una organización social donde cada uno se esfuerza por cumplir sus deberes comunitarios es tan importante como una satisfacción de las exigencias espirituales. La doble despersonalización de la vida hace del hombre el ser vivo peor adaptado a la existencia del universo. Su libertad de conciencia y de acción lo ha estrechado en su vida tan perturbada que ningún animal podría soportarlo. No obstante, el aspecto universal de la cultura humana puede guiarlo en una comunidad donde el perfeccionamiento personal y voluntario guarda una gran fuerza de difusión y de evolución efectiva.

Mientras el hombre no acometa los esfuerzos requeridos para unirse a su Ser, no llena su Deber de Hombre. Un Hermano que no llenara ni sus deberes ni su Deber de conocimiento, de maestría y de despertar de su Ser profundo, no tendría ninguna esperanza de iniciarse, quedaría como ordinario a pesar de sus grados y se mofaría de la dignidad de la Masonería.

Por otra parte, el trabajo de conocimiento de sí mismo y del conocimiento de las leyes que rigen el mundo no tendría ningún sentido si no fuera para mejor cumplir su destino en el movimiento del universo. El objetivo de toda iniciación es llegar a vivir el aspecto sublime de la naturaleza humana participando de lo cotidiano. Cada cima alcanzada en un grado u otro de la masonería, permite acceder a la cima superior sin desmentir la utilidad del precedente y con el deber de indicarlo a otro buscador.

Habiendo ganado la admisión al Santuario por medio del celo, la fidelidad y la constancia en el lugar secreto o más santo, y haber recibido el beneplácito de poder ver algunos de los tesoros en la misma, nunca debemos descuidar nuestro deber si esperamos ganar una entrada en el Santo de Santísimo, preparado para nosotros desde la fundación del mundo.

El Masón que progresa hacia su Ser, descubre en el prójimo, un compañero con quien compartir el amor de la Vida. La luz es idéntica en cada uno de nosotros, el sufrimiento de las tinieblas es por todo el mismo y solo el reparto que une es el signo de que un auténtico retorno a la fuente ilumina los corazones y que el Deber está cumplido.

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