9 de diciembre de 2019

El Ser y el Ego


Vistos desde el Modelo Interacciones Primordiales

Este artículo está dedicado al malo de la película, a ese aspecto nuestro que desde hace siglos viene siendo considerado el culpable de todos nuestros males: el ego.

Para comenzar a comprenderlo es preciso diferenciar dos concepciones muy distintas, cuya confusión lleva a mucho sufrimiento innecesario en la práctica psicológica y espiritual: los conceptos de ego en las tradiciones espirituales y en la psicología académica.

Cuando la psicología se refiere al ego lo hace en términos de algo esencial para la existencia; mientras las tradiciones espirituales lo consideran un mal que hay que erradicar. ¿A qué se debe esta aparente contradicción que tantas confusiones ha traído aparejadas? A que se refieren a  fenómenos absolutamente distintos que deben ser discriminados.

La psicología concibe al ego como una función psíquica cuyo desarrollo es indispensable para el sostenimiento de la vida humana. Constituye la  síntesis de las capacidades de percepción, atención, concentración, capacidad de integrar el pasado y planear el futuro, conciencia de sí, etc. Quien no posee estas capacidades integradas en la forma de un ego, lejos de ser un ser espiritual es un enfermo mental grave.

Curiosamente, esta descripción del ego tal como la presentó Freud, es similar a la que 2400 años antes realizó Sidharta Gautama, el Buda, quien lo describió como un mero conjunto de agregados que adoptan el ilusorio aspecto de un “algo” de existencia substancial.

El ego que procuran desarticular las tradiciones espirituales no es una función psicológica, puesto que ninguna auténtica tradición  espiritual busca producir enfermos mentales. Cuando por ejemplo el Budismo plantea la necesidad de trascender al ego, está refiriéndose a la necesidad de trascender la identificación del Ser con el ego, que es la que crea la ilusión de que estas funciones constituyen un algo, una sustancia interior que hay que defender, adornar y en lo posible perpetuar. Esta  ilusión de un ego substancial cuya defensa tantos desvelos nos produce,  es la fuente de disfunciones tales como la egolatría, el egoísmo, el egocentrismo, el narcisismo, etc. A esta disfunción, a la percepción ilusoria del ego como algo real que hay que defender, la denominaremos egotismo. Es decir que el problema no es el ego sino las enfermedades del ego. No distinguir esto equivale a despreciar al hígado por confundirlo con la cirrosis.

¿Cómo se produce esta disfunción?

La identificación del Ser y el ego.


El Modelo Interacciones Primordiales concibe al ego y al cuerpo como la materialización de lo que podríamos denominar el campo morfogenético tradicionalmente llamado Ser. El Ser es la expresión inmediata de lo que he denominado el Flujo Primordial, es decir la energía viviente y orgánica que recorre el universo en todos sus rincones, insuflando vitalidad y dando forma a todo lo que existe. El ego y el cuerpo son a su vez la materialización del Ser, su expresión en la existencia, su forma de ser-en-el-mundo.



En tanto manifestación de la conciencia-energía universal (Flujo Primordial) la persona humana está dotada de un punto central de consciencia, y desde este centro  puede observarse a sí misma y a todos sus aspectos y funciones.

Este punto central de consciencia no debe ser confundido con la conciencia psicológica en tanto darse cuenta del mundo (material o  interno). La conciencia psicológica es el resultado de la evolución de procesos psico-biológicos de un altísimo nivel de especialización.  Sin embargo, la conciencia que atribuimos a este punto central de la persona humana precede a la conciencia psicofísica y al cuerpo. Es una conciencia primordial, propia del ser.

La experiencia humana está caracterizada por la identificación. En cada etapa evolutiva el ser se identifica con aquello que percibe. Un bebé recién nacido no tiene un mundo, es el mundo. Cuando comienza a explorar su propio cuerpo, no tiene un cuerpo, es su cuerpo. Al explorar sus emociones y luego sus afectos, él no tiene emociones y afectos sino que es ellos. Y por último, al ingresar en las etapas más mentales de su desarrollo, considera que él es su mente.

En este mismo devenir llega un momento en el desarrollo interior en el cual la persona humana puede comenzar a verse a sí misma cada vez con más profundidad, hasta llegar a la comprensión de que ella no es su mente ni su ego, sino que éstos son funciones adaptativas que han ido desarrollándose alrededor del Ser original en su contacto con el mundo.

Que la persona no sea su cuerpo ni su mente, no significa  volver a un dualismo desde el cual los consideremos como algo ajeno a ella. La paradoja de este planteo consiste en que a medida que el ser humano evoluciona, lo hace también su registro interno de identidad. En el proceso evolutivo, aquello que uno cree que es, va mudando en cada etapa. Uno niño recién nacido está totalmente centrado en su cuerpo y su ambiente; luego se centrará en sus procesos emotivos; posteriormente en sus afectos; seguidamente en sus capacidades intelectuales y en cada etapa creerá que él es eso que se ha convertido en figura en su proceso de desarrollo, cuando en realidad él es todo eso y mucho más. Y a medida en que profundice en su autodescubrimiento, su registro de identidad dejará de girar alrededor de su cuerpo, sus emociones, sus afectos o sus capacidades intelectuales y comenzará a centrarse en la pura conciencia, en su testigo interior, desde donde todo lo demás es observado con ecuanimidad y desapego.

Esto no significa que consideremos al cuerpo, las emociones y los afectos como algo ajeno a nosotros y mucho menos aún, como muchas corrientes seuodespirituales lo plantean, como algo “malo”, inferior o negativo que debe ser dejado de lado para evolucionar. Todo lo contrario. Desde nuestro modelo la evolución sólo se produce mediante la integración. El rechazo de la corporalidad, la emotividad y la afectividad no produce iluminación sino esquizofrénicos. Una persona que ha accedido a la percepción desde el testigo transpersonal no deja en absoluto de ser una persona corporizada, emotiva, afectuosa ni mucho menos inteligente, simplemente ocurre que ha dejado de identificarse con estas capacidades, y precisamente por esta razón, puede vivirlas con más intensidad aún que la mayoría de los seres humanos.

El centro de consciencia que puede atestiguar su cuerpo, su mente y hasta su propio ego, es el Ser.

El ego surge del Ser y lo protege en su encuentro con el mundo dual, ayudándolo a adaptarse a las circunstancias de la existencia, tal como lo hace su cuerpo. El ego es algo así como la cáscara del Ser que se va formando en su contacto con el mundo. Lo que ocurre es que la sofisticación de la función llamada ego, lleva al Ser, en la absoluta mayoría de los casos, a caer en el fatal error de confundirse con él y a desarrollar la disfunción que hemos denominado egotismo. El egotismo es la confusión del Ser, en tanto manifestación del Flujo Primordial eterno e infinito, con el ego, en tanto función psicofísica limitada y circunstancial.

No estoy describiendo al ego ni al cuerpo como "vehículos del ser". Considero que esta metáfora dualista es más lo que confunde que lo que aclara. No se trata de que el Ser  se mete dentro de un cuerpo y de un ego, sino que todos estos son manifestaciones del mismo Ser. Diríamos entonces que el Ser no entra en un cuerpo y una mente, sino que "se corporiza y se mentaliza" para realizar su ser-en-el-mundo. Por lo tanto el cuerpo y la mente no son inferiores, no son una “caída del Ser”, sino las formas mediante las que éste se adapta a las circunstancias cambiantes de la existencia. Son funciones adaptativas que desarrolla en su experiencia en el mundo. El tema es, como adelantábamos, que estas funciones pueden alcanzar tan alto grado de sofisticación que el Ser termina identificándose con ellas. De este modo, el Ser, que es el mismo Flujo Primordial eterno y magnificente, puede terminar identificándose con estas funciones que, aunque muy sofisticadas, no dejan de ser limitadas y circunstanciales.

El estudio del ego desde esta perspectiva, es entonces el estudio de esta formación, de esta cáscara necesaria del Ser en su tránsito por el mundo y de sus posibilidades de instrumentarla saludablemente o, en su defecto, de terminar identificándose con ella y perdiendo así el contacto con su esencia universal.

Sin embargo, la idea de una cáscara no debe confundirnos en el sentido de imaginar que se trata de algo que el Ser puede muy simplemente ponerse y sacarse. Las dificultades y los desafíos en el camino espiritual se presentan precisamente por el hecho de que esta cáscara está construida a partir de las identificaciones del Ser. Es decir que, hasta cierto punto, esta cáscara es el Ser materializado e identificado con su propia materialización. Por este motivo, la desidentificación y el crecimiento producen dolor. Por ello, cuanto más claramente se percibe esto, mayor es la posibilidad de transitar un camino de sanación personal y despertar espiritual profundos y menos dificultosos.

Interacciones Primordiales, es un modelo de crecimiento creado desde esta perspectiva, integra lo espiritual y lo psicológico, la emoción y el intelecto, la danza y la meditación, la pasión y la ecuanimidad, el amor y la sabiduría. Y de esta integración dependen nada menos que la capacidad de amar, la libertad y la felicidad humanas.


En futuros artículos iremos explorando la necesidad de abordar la comprensión del ego, sus potencialidades y patologías, desde la psicología; y la importancia de trabajar en el reconocimiento del Ser desde una práctica espiritual. Cuando uno de estos caminos reniega del otro, la integración se hace imposible y el resultado es la disociación y la enfermedad, física, mental y/o espiritual.

4 de noviembre de 2019

¿Cúal es el Propósito de las Prácticas Espirituales?

El propósito de practicar la religión no es, ni el de beneficiarse con alguna ganancia material, ni el de obtener el simple conocimiento con el cual distinguir la materia del espíritu. El objetivo fundamental de las prácticas religiosas es el de liberarse del cautiverio material y recobrar la vida de libertad del mundo trascendental, donde la Personalidad de Dios es la Persona Suprema. Por lo tanto, las leyes de la religión las promulga directamente la Personalidad de Dios, y con excepción de los mahājanas, o los autorizados agentes del Señor, nadie conoce el propósito de la religión. Hay doce agentes en particular que conocen el propósito de la religión, y todos ellos le prestan servicio trascendental a Él. Las personas que deseen su propio bien pueden seguir a estos mahājanas, y obtener así el beneficio supremo.

A.C. Bhaktivedanta Swami
El Śrīmad-Bhāgavatam » Canto 2 »SB 2.1.25

2 de abril de 2019

Espiritualidad en el Caballero Rosacruz


"Aquel hecho psicológico que posee la mayor fuerza en un ser humano, obra como ' Dios', el lugar de la divinidad parece estar ocupado por la totalidad del hombre". C.G.Jung






Desde sus orígenes la Masonería está vinculada a un principio espiritual. El Gran Arquitecto Del Universo (GADU) es un símbolo de carácter indefinido y abierto a una libre interpretación entre los masones, pero imprescindible para el carácter iniciático de la tradición Masónica. Es un símbolo hacia la transcendencia que llama a una libre interpretación y no debe ser tomado como una revelación. Es un Dios sobre el que no se hace teología, porque la Masonería no se propone a sí misma como una "Ortodoxia", sino como una "Ortopraxis". Esta ortopraxis llevará implícita una o varias teorías u opiniones (doxa), pero su bondad se verá en sus frutos y no en el equilibrio conceptual de unos u otros dogmas. Es la representación mental de un principio creador de una entidad superior al hombre, así como una creencia basada en la razón, que rechaza todo dogma y observa la religión natural.

A grandes rasgos podemos dividir el sendero de la espiritualidad exotérica en tres grandes fases; antes de la Modernidad la teología nace de la vida espiritual mientras que en la Modernidad la espiritualidad se separa de la teología y se vuelve hacia lo interior. En la era actual, la posmodernidad, la espiritualidad se encuentra en un momento difícil de encontrarse y volverse a reunir tanto con la teología como con el ser interior.

En los tiempos actuales, la espiritualidad teísta se agrupa en tres áreas que sintetizan la trascendencia exotérica del ser, cada área autoexcluyéndose en sí misma buscando una ortodoxia que se aleja de la esencia original. Por un lado tenemos a los fundamentalistas, un fenómeno que suele darse en sistemas rígidos de creencias religiosas que se sustentan en textos revelados, definiciones dogmáticas así como magisterios infalibles. El fundamentalismo apela al texto sagrado dado el peligro de la racionalización de la fe y propone un tipo de interpretación directa e inmediata de la fe, considerándola como única y exclusiva revelación de la palabra de Dios que tiene la solución para cualquier problema sin necesidad de intermediaciones, cuestionamientos o razonamiento alguno.

Los integristas, por su parte, contemplan la aceptación de la tradición de la iglesia tal cual se entiende en un momento determinado, con el fin de defender a esa misma iglesia de lo que se consideran doctrinas nuevas, generalmente calificadas de racionalistas, que puedan apartarla de su verdadero origen e identidad tradicional.

En el Tradicionalismo aparece la Teología, la Iglesia y la Liturgia expresándose en las acciones diarias de los hombres. Todos los actos encuentran santificación desde el nacimiento a la muerte. Una nueva generación marca el cambio de una época iniciando la expansión del tradicionalismo en un mundo más organizado. Esa expansión se inicia con gran energía, se consolida con vigor y luego empieza a detenerse, a fijar límites, a necesitar de justificaciones y de argumentos para conservarse como situación de derecho. La vía tradicionalista se mueve con el desgaste histórico de toda la sociedad que marcha hacia la declinación. Luego ese estadio se expande y, finalmente, el conjunto de creencias que dio su origen al Tradicionalismo, entra en disolución. Pero eso es normal por la ley de correspondencia, sabemos que además la política, el arte, la economía, la filosofía, entre muchas otras disciplinas se comportan del mismo modo. Y no podría ser de otra manera. En el interior de un sistema, el movimiento de las funciones es relativo al movimiento total.

El Grado de Soberano Príncipe Rosacruz  (Grado XVIII) en su naturaleza, tiene una alta condición en la búsqueda de la espiritualidad y la trascendencia en el ser humano; resaltando esa espiritualidad entre todos sus miembros y en la propia que se emana de los rituales. Hoy día en muchas universidades y centros de renombre se busca el componente espiritual en el ser humano. Los masones somos muy heterogéneos, en donde cada hermano hace su aportación a ese camino espiritual. Nuestros rituales exaltan e irradian; la espiritualidad colectiva en mayor medida que la individual, mediante la práctica del amor fraterno entre la espiritualidad de sus miembros. Un espíritu que no es una estructura, ni una función, sino un sentir inmaterial con alguna forma de individualidad y dotado de la razón. Aquello que se relaciona con el espíritu o nuestro ser interior decimos que es espiritual. El amor fraterno es el cimiento del espíritu y el cemento de la espiritualidad.

Nuestra orden nos invita a ser hombres buenos y leales, gente de honor y probidad, cualesquiera que sean nuestras confesiones religiosas o convicciones que nos distingan, por encima de los desafíos profanos que en el camino de la vida, nos presente la sociedad. En este sentido, las virtudes Cardinales (Justicia, Templanza, Fortaleza, y Prudencia) y las virtudes Teologales (Fe, Esperanza, Humildad y Caridad) pueden convertirse en parámetros para aquellos hombres que deseen obrar correctamente y dentro del bien común en el largo camino de la espiritualidad y la trascendencia del ser humano.

Nuestros valores y enseñanzas empiezan con la caridad.  En este punto, es preciso aclarar: para nosotros la Caridad no es la limosna, que consuela un día para hacer más angustioso el día siguiente, tal como la entienden las religiones. El concepto de la Caridad, está íntimamente ligado con el amor divino y fraterno más que cualquier otra virtud o manifestación humana y su espíritu trasciende más allá de cualquier cultura y religión, así como ninguna de ellas se puede atribuir la exclusividad en la posesión de la misma. Para nuestra orden, la Caridad es un acto de justicia y debe efectuarse como un deber de solidaridad. No debe producir vanidad u orgullo al que la da, ni humillación al que recibe. La Caridad Masónica tiene el sentido y el valor humano de hacer el bien, de socorrer moral y materialmente al hombre, sin lastimar su dignidad, con mesura y discreción, proporcionándole bienestar espiritual que le prodigue optimismo, alegría y tranquilidad. Tal es el grado de nuestra caridad que enseña al ignorante para que la justicia y el amor recíproco reinen en el universo. Es la virtud que perfecciona al hombre, convirtiéndole en la verdadera imagen de un Ser Superior.

La virtud de la Fe aparece en nuestra Orden como un sentido por el cual el hombre reconoce y refuerza su relación con el ser, reconociendo la trascendencia del ser. Puede ser igualmente caracterizada como la revelación del hombre en la trascendencia del ser. El sentido del hombre hacia la trascendencia, y la revelación de la trascendencia al hombre, no son dos procesos distintos, sino dos expresiones de la misma posibilidad fundamental, que es el refuerzo del hombre en su relación con el ser. El hombre, como ente finito, tiende a avanzar más allá de su finitud, y precisamente la trascendencia es la negación de esa finitud. La fe es el reconocimiento de la trascendencia como el ser verdadero del hombre.

Para nuestra Orden, la Fe es la certeza de lo que se espera. Es la confianza en avanzar en el progreso y mejora de la humanidad. En ese sentido, la Masonería tiene Fe en la ciencia que ha de traer la perfectibilidad y el bienestar al género humano. Esta apreciación de la Fe es contraria a la fe religiosa, la cual considera que la fe es simplemente creer en lo que no entendemos y no vemos.
Para nosotros el concepto de Fe, guarda relación con la creencia en el ser humano, en sus potencialidades, en su capacidad de hacer el bien, a través de la palabra, de la exposición e internalización de nuestros valores y nuestra capacidad de obrar y demostrar con su propio ejemplo la bondad de los principios masónicos. La Fe que respaldada en la razón actuará de forma honesta y decidida en resolver los problemas que se le presenten. La Fe con que lograremos derrotar la ignorancia y el error que nos circunda, a través de la fuerza de nuestras convicciones personales. La Fe en nuestras posibilidades, el respeto a la naturaleza humana y la confianza en la honestidad de las intenciones son las que nos llevaran a convertirnos en hombres perfectibles por medio del trabajo constante y  responsable de la actividad masónica.

La Esperanza, por su parte, representa el triunfo definitivo de la civilización sobre la barbarie como señala el Ritual. Es esa voz interior, la que nos habla en los momentos de pesar o tristeza, la que nos detiene en los momentos de ira y dolor, la que nos lleva de la mano todos los días de nuestra vida, enseñándonos que siempre hay algo por que vivir. Es la herramienta que nos brinda resistencia y perseverancia, es la que nos sostiene y empuja hacia el final del camino que hemos iniciado, pues está claro que no se trata de un trayecto corto y llevadero, pues por el contrario, el camino hacia la verdad es muchas veces solitario, tenebroso y oscuro, necesitando siempre de la esperanza para tener porque luchar y seguir adelante pese a los obstáculos. Es la convicción de que a través de la influencia de los principios masónicos se puede mejorar nuestra sociedad, de que puedan evitarse las injusticias, de evitar las guerras y violaciones a los derechos humanos; en la caída de toda tiranía temporal o espiritual;  de evitar la pobreza que afecta a un gran porcentaje de la población.

La Masonería debe convencer a los hombres de su pequeñez en el Universo, y de su necesidad de unión para progresar y evolucionar. Todas estas VIRTUDES, propias del ambiente Masónico, son las que de manera sincera debemos aprender y desarrollar, para conservarlas y propagarlas, ante los ojos del Mundo Profano, puesto que su sola observancia conquista las VOLUNTADES de los hombres de BIEN, o de reconocida Ética y Moralidad, la que sin duda, será siempre reconocida dentro del ambiente en que se vive; por lo tanto, ésta es, en síntesis, la verdadera labor espiritual que el Caballero Rosacruz debe desarrollar en el Grado XVIII, en cualquier ambiente, situación o circunstancia que se encuentre, siempre que haya logrado COMPRENDER cuáles son sus DEBERES para Consigo mismo, para con sus Semejantes y para con el Ser Supremo, logrando así una transcendencia de su ser en la espiritualidad de su naturaleza.

El ser humano tiene en su naturaleza, la conciencia, la posibilidad de crear su estado interior, de modificarlo y desarrollarlo más ampliamente. Esta capacidad de trascendencia única le permite ir más allá de los paradigmas de su cultura o sus limitaciones e historias personales. Es la condición humana por excelencia, es la facultad que tiene el ser humano de decidir sobre sus acciones, de elegir la calidad que tenga su vida y de esforzarse en llegar a sus metas. Es cambiar de punto de vista, buscar un sentido global a la realidad y a la vida, hasta llegar a que la vida tenga sentido para él.

La trascendencia tiene que ver con el enfrentamiento a esta realidad interior, elegir estar o no bajo la influencia de las cosas de su pasado. Porque la acción es como un vector que sale desde adentro de uno y que lleva con el la intensidad y las vibraciones que uno tiene en su interior. No es tan importante el valor intrínseco de las cosas, sino lo que realmente tiene una gran importancia espiritual es lo que resulta del espíritu con que se ejecutan las acciones.

La trascendencia tiene que ver con el entendimiento que tengo del centro de mi ser, y también de las superficialidades de mi personalidad. La conciencia humana no logra ver lo que no tiene la fuerza de ver. Y dar fuerza a mi ser es conocer la parte extremadamente valiosa de uno mismo. Al conocer, experimentar y vivir desde este punto de vista, logro tener la capacidad de poder percibir mis limitaciones que impiden mi trascendencia o crecimiento. Y al ver mis cualidades intrínsecas, mis fuerzas, sé entonces como solucionar mis debilidades y llegar a tener la fuerza de trascender.

El hombre es un animal de hábitos y costumbres. La inercia de nuestros actos, pensamientos y emociones, nos sujetan como las langostas que intentan salir del cubo en que se encuentran, más las que están debajo la sujetan impidiéndoselo. El peor y más severo adversario que tiene el hombre es él mismo, su conciencia y su mente marcan los límites de su realidad. Avanzar implica ampliar o romper con viejos esquemas mentales y emociones, que en última instancia, sólo se tiene a sí mismo para hacerlo. Por consiguiente, la trascendencia supone romper con un ser finito espiritual para llegar a un Ser trascendente infinito. Todo esto se realiza a través de las acciones finitas trascendentes, para lograr así enriquecer la finitud del ser, logrando así la posesión del Ser Trascendente en la unión y perfeccionamiento de su vida hacia un Ser Superior en la plenitud de la espiritualidad humana.

Conclusión

La espiritualidad es la búsqueda, la inquietud, el anhelo de sentido, el camino hacia lo desconocido, y en resumidas cuentas el de la trascendencia del Ser. La espiritualidad del Grado XVIII se desarrolla en el ámbito en que el ser humano se pregunta así mismo por lo eterno, por lo infinito, pero no necesariamente irrumpe o está ligado a la religiosidad. La religiosidad expresa la capacidad de religarse que tiene el ser humano, de vincularse a un Ser que reconoce como distinto de sí mismo y con el que establece una forma de comunicación, pero que no es el último fin de la espiritualidad.

La espiritualidad en el Grado XVIII permite plantear los ideales de la vida y su sentido. Son los ideales, cuyos pequeños eslabones permiten la construcción del sentido; lo que es lo mismo decir nuestro “templo”. El camino de la espiritualidad significa plantearse, apasionadamente, el sentido de la vida y estar abierto a respuestas que puedan llenarnos de crecimiento interno. El sentido de lo infinito, el camino de la trascendencia, interrogación permanentemente abierta por el Ser último no puede medirse, ni iluminarse desde el discurso científico.

La trascendencia de Dios, y su espiritualidad, se relacionan con su inefabilidad, restando la opción de creer en Él y de adorarle, que es siempre una decisión individual y personal. Cuando decimos que el ser humano es capaz de trascender, queremos decir que en él hay un dinamismo inherente a su voluntad de superarse, de cruzar y trascender sus propios límites, de ir más allá. El Dios trascendente es una entidad que no se identifica con nada que exista en el mundo físico, es decir que está más allá de él (lo manifestado o emanado), a pesar de estar misteriosamente presente en todas y en cada una de las entidades del cosmos. Esta afirmación es un acto de fe, que como toda afirmación tiene sus propias razones, pero no es una evidencia que se desprenda del análisis del ser humano.

Por último, en el ser humano habita un yo consciente de sí mismo y que es capaz de contemplar el mundo, un yo libre, que en virtud de su libertad, puede configurar tanto su cuerpo como su alma. La espiritualidad es la trascendencia del Ser hacia su centro, a partir del cual el hombre realiza los actos con que objetiva el su mundo, su cuerpo y su psique. No puede ser “parte” del mundo externo que vemos, ni puede estar ubicado en un lugar específico, ni aparecer en un momento determinado. En ese centro sólo puede residir el fundamento supremo y sublime del mismo Ser. La espiritualidad del hombre es, por lo tanto, el Ser superior a sí mismo y al mundo físico que le rodea y le acompaña, pero que está en el centro de su existencia y al alcance de su mano para su descubrimiento y desarrollo.

Es cuanto puedo decir, 

Carlos Limongi

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