24 de marzo de 2010

Sobre la Carta Pastoral de Benedicto XVI

Ayer hemos topado con la iglesia. Un espinoso tema salió aflote durante nuestras acostumbradas tertulias en nuestro almuerzo. La Carta Pastoral de Benedicto XVI a la iglesia de Irlanda, la cual ya había leído el día domingo cuando fue anunciada por el mismo Benedicto XVI. Es sin duda alguna, una carta que contiene el estupor acompañado con la vergüenza y el sentimiento de traición, productos de los hechos de pederastia de algunos sacerdotes, los cuales son dignos de resaltar e incuestionablemente condenar. No sólo por la Iglesia en si misma, sino por todos aquellos ajenos a la misma o de otras confesiones.

No cabe ninguna duda que la posición de la iglesia -y su máximo representante- es firme y contundente en el pronunciamiento sobre los hechos ocurridos. No se podía esperar menos de una institución que alberga y representa en su seno a innumerables creyentes con una fe confesa y diseminada por todo el mundo, que al ver los hechos tan monstruosos y abominables ocultos por tanto tiempo, se preguntan a si mismos: ¿Qué ha pasado dentro de nuestra augusta Institución para que esto haya sucedido? ¿Porqué se ha esperado tanto tiempo para sólo emitir una carta expresando vergüenza y pesar, y no una autocrítica?

A mi parecer, nadie cuestiona –o pone en duda- los honorables y estrictos códigos de ética y moral que envuelven el derecho canónico y el derecho civil vigente, para la implementación de las sanciones punitivas correspondientes. Lo grave del caso, y es el punto a resaltar, es el ocultamiento y el silencio de un delito común y recurrente en el seno de la Iglesia de Irlanda por parte de algunos sacerdotes y por tanto tiempo. Es el silencio y la complicidad lo que lo hace más denigrante y bochornoso. Mas aún, y que haya sido la sociedad civil, por medio de sus reiteradas denuncias, las que hayan sacado a la luz los hechos tan vergonzosos y deplorables como es la práctica de la pederastia por parte de algunos miembros honorables y respetables de una iglesia.

Habiendo dicho esto, también hay que resaltar y puntualizar que los hechos deplorables y detestables, realizados por algunos dignatarios representantes de las distintas confesiones, no le quitan mérito, respeto y admiración a la encomiable labor que realizan el resto de sus miembros en favor de los más necesitados. En muchos casos, la única esperanza, y el único aliento que tienen muchas personas es precisamente la mano bondadosa y caritativa de un religioso. Tanto para las necesidades materiales como para las espirituales. Pero esto no da pié, ni tiene cabida, el hecho de que la pederastia, como delito, pueda ser minimizado o intencionalmente silenciado. Para el placer y disfrute de algunos miembros y en detrimento de una institución y sus valores. La pederastia es un delito, y como tal, deber ser denunciado, enjuiciado y penado, por el tribunal que sea, pero que se haga, que no se oculte y que no permanezcan nunca más en silencio.

Yo en lo particular -y muy personalmente- iría un poco más allá hacia el origen de la pederastia como una enfermedad en la conducta humana, y que a pesar de poder estar en un seminario durante muchos años y de haber hecho el correspondiente voto de castidad para hacerse sacerdote, todavía exista y persista la misma aberración en la conducta hacia el abuso sexual de un menor de edad. Pero es un tema para otro tipo de investigación y otro tipo de charla que seguramente no haremos en nuestras acostumbradas tertulias del mediodía.

Es una gran satisfacción el poder conocer el rechazo, así como la denuncia y condena del vergonzoso y deplorable hecho de la pederastia, provenga de donde provenga y de quien venga. Es un hecho que no debe ocurrir, y cuando suceda se debe denunciar sin contemplaciones. Hoy he visto como los Obispos John Magee y, un poco antes, Donal Brendan Murray habían dimitido a sus respectivos altos cargos esclesiásticos (respuesta tardía a mi parecer!), pero se ve que poco a poco se va aclarando y depurando el panorama. Para el bien de muchos y de la propia institución religiosa. La aplicación de la justicia y las debidas medidas correctivas, asi como la depuración, de una institución infectada e infiltradada por pervertidos delicuentes comunes con sotana es buen comienzo y un gran paso.

Para concluir y denotar la gravedad de este hecho, podríamos citar una frase de Juan Pablo II que dice: "La crisis más peligrosa que puede afectar al hombre es la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades." Juan Pablo II en "Veritatis splendor" (1993)

Reciban todos un cordial saludo,

carloslimongi@yahoo.com

Carta Pastoral de Benedicto XVI a la Iglesia de Irlanda:


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